Cuando la querida Sonia me presentó el desafío de relacionar la obra de Gabo con la antropología en lo primero que pensé fue en no caer en los cánones típicos de la tradición, el contexto, el espacio, el tiempo, sino en tratar de emparentar todo lo mágico y mitológico de su obra como si fuese en si una madeja de símbolos y signos que trascienden lo meramente literario.
Como si fuese un Dios Pagano creó un universo paralelo, Macondo, dónde el tiempo cronológico corre de manera que pueden leerse cien años en unos pocos días, u horas, según la avidez del lector. Existe un linaje totémico, los Buendía, que es fundado por José Arcadio, y toda una dinastía de héroes culturales que convierten de su espacio una especie de paraíso profano donde las deidades cumplen con su ciclo de vida.
Sería su Aracataca de origen similar a Macondo? Sería Macondo la imagen del Aracataca en el que él querría haber nacido y transcurrido su niñez?
Nació de una relación de amor en los tiempos del cólera, fue criado por un coronel de marcado ojo alegre y que evidentemente poco tiempo tenía para escribir… el mismo abuelo que lo sacó por un rato de su mundo mágico para explicarle lo que era la pérfida muerte.
Este estilo libre, espontáneo de expresiones se parece mucho a lo que hacemos los antropólogos cuasi por obligación: contarlo tal cual es. Minuciosamente, detalladamente, responsablemente pero tal cual. La descripción densa de nuestros objetos de estudio muchas veces nos lleva a plantear si al hacer antropología también no estamos haciendo un poco de arte, ateniéndonos siempre al valor que le dan los actores sociales a sus propias representaciones y expresiones culturales. El contexto se convierte en la única realidad que debemos describir, sea prosa o sea trabajo de campo.
Tampoco es un hecho de contar verdades de entrecasa, desde ningún punto de vista, en la pluma de Márquez, parafraseando al gran Peteco Carabajal, lo cotidiano se vuelve mágico. Dentro de la literatura el realismo mágico surge en América latina a mediados del siglo pasado como una expresión de darle carácter verdadero a lo fantástico, a lo mágico, a lo ficticio… el hombre, el protagonista, el actor social es un misterio en medio de situaciones reales y cotidianas. En el año 49 del siglo pasado Alejo Carpentier nos habla de lo “real maravilloso” y tras esta categoría se encolumnan valuartes de las letras como Asturias, Uslar Pietri, Aguilera Malta, De La Cuadra, Marin Cañas, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Rulfo… todos ellos con el firme propósito de insertarnos en un mundo dónde lo real sólo puede ser percibido y comprendido a partir de los sentidos y en dónde la pobreza y lo marginal poseen un carácter mágico, fantástico, mítico. Todo aquello que no tiene explicación desde la razón lógica se explica desde la ilusión, así todo puede ocurrir con total naturalidad. De esta manera podemos viajar en el tiempo libremente, sin necesidad de cumplir rigurosamente con un orden cronológico, el ayer es mañana y el mañana es hoy sin atenerse a las estructuras crueles de la lógica. Ahí también la corriente antropológica que practico me da una herramienta para desenvolverme con tranquilidad literaria al analizar a estos autores: la hermeneútica también busca romper con las estructuras que estancan al pensamiento y obligan a convertir a un crítico en un coleccionista de mariposas… que mejor que Márquez para hacer de la contradicción un acto natural amaneciendo en las noches y haciendo sonar los silencios.
Aunque parezca alocado pensar una herencia literaria precolombina en el realismo mágico es interesante señalar que en las escrituras mayas ya había un doble relato de la realidad y ambos podían convivir de manera armoniosa en el trascurrir de lo cotidiano.
En este transcurrir es dónde termino de emparentar su obra con la investigación social, el trabajo de campo como denominamos los antropólogos. Es indudable el rol fundamental que da Gabo a la imaginación del lector, es más, es demandada más de una vez a participar en el aporte de datos y detalles que quedan librados a la libre interpretación como si de una tragedia griega se tratase.
Se escribe un texto donde terminan actuando actores que no son de reparto pero que no habían ensayado para la obra en cuestión. En el lenguaje del teatro diríamos que tanto los actores sociales en nuestras investigaciones y los lectores en la obra de Marquez salen a hacer un toro… en un teatro de Macondo…
Y en este paraíso demasiado terrenal que el inventa, imposible de hallar en mapa alguno, es dónde en perfecta soledad, a veces soledad cargada de violencia y de lluvia, el logra asimilarse a un Dios Pagano, quizá a ese Dios desconocido al que los griegos dejaban un altar vacío esperando su llegada, convirtiendo al hombre en un mito, dejando atrás a la humanidad para hacerse inmortal.
Los escritores, como los antropólogos, citando al padre de la antropología postmoderna, Clifford Geertz, no cazamos dragones, los domesticamos… y cumplida la misión ellos pasan a formar parte de nuestro universo cotidiano… magia, misticismo, ilusión… el mundo mismo que día tras día transitamos…
Y así los saludo, agradeciendo a cada uno de los presentes por la atención dispensada… no quería molestarlos… al fin y al cabo yo sólo vine a hablar por teléfono… Gracias.
Rosario, 15 de Septiembre de 2017


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