La Horca (relato de historia oral)



El cielo se tiñó de sangre y luto.
Duchas manos, ávidas, hicieron nudos férreos. Con precisión sádica enlazaron, bien elegida, una sólida rama de un viejo tala, alto, muy alto, desnudo en la inmensidad de los llanos. Buena madera al servicio de intereses mezquinos.
La luna menguaba de dolor. El cuerpo violentado, lacerado, pendía de la horca firme y arbitraria ante la mirada azorada y turbia de la joven madre y sus tres pequeñas hijitas., envueltas en la polvareda ruin que dejaba a su paso una jauría al galope en cobarde huida.
En el desolado paraje sólo quedó el eco impiadoso de risas y una retahíla de injurias embebidas en aloja…

Los pañuelos se enlazaban en el aire hablando un lenguaje que sólo entendían dos pares de ojos negros que se atraían como imanes guiados por la cadencia de una zamba en flor con aroma a albahaca. Bartolomé y Lucinda, jóvenes, enamorados, gozando del carnaval.
Esa noche Lucinda esperó que todos estuvieran dormidos y escapó por la ventana de su dormitorio, oculta bajo un rebozo amplio y llevando consigo un hato anudado en los brazos.
Emprendió una alocada carrera hasta la plaza central dónde la esperaba su amante secreto. Días a tras habían acordado encontrarse allí para realizar sus propósitos.
Bartolomé la esperaba en la obscuridad, alto, varonil, con el corazón palpitante de ansiedad por la decisión que iban a tomar. Ella descubrió el rostro que amaba y fue a su encuentro. La música y la algarabía turbaron sus sentidos. Dejaron sus respectivos bultos ocultos tras un árbol y se perdieron entre la multitud para danzar bajo una nube de harina.
Esa noche buscarían su destino. La vida de ambos tomaría su propio camino.
Lucinda tenía quince años, y una tierna e infantil sonrisa hacía muy hermoso su morenito rostro. Siempre lucía una larguísima trenza que se mecía al andar cuando todas las tardes subía la cuesta que la llevaba al almacén de ramos generales, lugar de reunión social para los parroquianos del pueblo, y dónde su madre la enviaba por el mandado.
Detrás de la joven, cuando las campanadas de la iglesia daban las cinco, llegaba Bartolomé, un mozo de veintitantos años del que sólo se sabía que era un comerciante de aquí y de allá.
Después de hacer Lucinda las compras él se ofrecía, en voz baja, a acompañarla para llevarle los paquetes. Y allí se perdían los dos entre el sonido de las aguas de las acequias, el croar de las ranas envidiosas del amor juvenil, los pájaros que los iban acompañando con trinos aflautados y rodeados de montañas que hacían eco a los suspiros y silencios. La muchachita era hija única de una de las familias más acaudaladas de la región, de un acendrado pensamiento unitario y, fieles a su ideología, incapaces de tolerar lo diferente. Cómo es de entender tenían para su hija elegido al candidato perfecto para casarla, de su misma estirpe y condición política.
Tamaña fue la sorpresa y cólera cuando se enteraron de los requiebres amorosos en los que andaba envuelta su niña que la conminaron a ponerle fin a tan absurda relación y sin más fijaron de inmediato la fecha de boda.
La desolación abrasó el corazón de Lucinda. Era sometida a vigilancia permanente por su madre y para no alterar más aún el clima del hogar fingió acceder a todo lo que ella sugería con beneplácito.
Tan bien lo hizo que con el correr de los días su madre creyó haber doblegado su voluntad y aflojó la atención desmedida.
Una tarde, con el corazón palpitante, lleno de cascabeles y dudas llegó al almacén. Las campanas marcaron las horas y la ausencia. El retorno no fue igual, lágrimas calientes y abundantes fueron dejando huellas a su paso.
El sol salió día a día y así fueron pasando los meses y acercándose infelizmente la fecha de la boda tan anunciada.
Se borró del rostro de Lucinda la tierna e infantil sonrisa y le crecieron el silencio, la tristeza y una débil esperanza.
Pero Bartolomé volvió una tarde en la canícula de febrero y no dudó en buscar a Lucinda como siempre, en el almacén.
Fue el sendero umbroso que tantas tardes los había acogido donde se enteró de las noticias manadas a borbollones por su amada, y allí mismo juramentaron su amor eterno y tomaron la decisión más importante de sus vidas sin pensar en las consecuencias.
Un brioso potro negro piafaba a la espera de su dueño, bajo el árbol, en celosa custodia de dos pequeños bultos. El tiempo era un impiadoso enemigo que no dudaba en correr. Los enamorados despertaron a la realidad y abandonaron el baile aturdidos y embriagados por una chaya con gusto a arrope y miel.
Montaron a caballo y abrazados a su ilusión emprendieron la marcha hacia el destino elegido bajo la luz de las estrellas, en silencio; Lucinda aferrada a su cintura con su cabecita apoyada en la fuerte espalda sintiendo la respiración profunda de Bartolomé que guiaba al animal confiado y seguro del camino que emprendían para siempre.
No había tiempo de respiro, cabalgaron toda la noche por los llanos, que él bien conocía, sólo acompañados por una luna llena que se agrandaba amorosamente para ampararlos en la soledad del desierto…
Las estrellas iban empalideciendo y el sol, celoso, le arrebataba a oleadas el fulgor a la luna. Cuando Lucinda despertó estaban frente a una capilla blanca, pequeña, hambreada de ayuda, pero pletórica de gracias para todo aquel que llegara hasta allí. El curita gaucho, enteco, frágil, los recibió con una fortaleza inusual, era evidente que no todos los días recibía visitas. Verdaderamente estaba en medio de la campaña, dónde sólo Dios espera sin pedir nada. Y fue allí, a esa hora de la mañana, ante un altar de madera tallada, hecho por los diaguitas, donde la pareja se unió en matrimonio, huérfanos del calor y del consentimiento paterno, pero felices porque sentían que Dios los había prohijado al bendecir su amor.
Ella lucía hermosa sólo cubierta por una mantilla de encaje blanco (que había alcanzado a llevar consigo) y en sus manos empalidecía por su belleza un ramillete de flores silvestres que Bartolomé había recogido en algún lugar; él, pese a su juventud, esgrimía toda la madurez que el momento ameritaba. Terminada la simple ceremonia se despidieron del sacerdote y le prometieron ir a visitarlo tan frecuentemente como les fuera posible.
Nuevamente se pusieron en camino y poco tiempo después llegaron al “Tala”, el lugar dónde establecerían su hogar. La humilde casa de adobe con firme techumbre de paja y caña los estaba aguardando. Lucinda la vio y volvió us ojos arrobados al rostro de su esposo, le sonrió con gran ternura, se abrazaron y así muy juntos entraron al nido cálido…
Muchas leguas habían puesto distancia entre los Riarte y su hija.
Cuando descubrieron su ausencia creyeron enloquecer de vergüenza.
Un grupo de baqueanos organizados salió en su búsqueda. Iba al frente un padre que clamaba venganza para su honor mancillado. Un odio sin límites crecía en su interior a medida que las horas pasaban infructuosamente.
Y así pasaron los días, y los años y se acumuló el resentimiento para el que creían había robado a su hija.
Nunca cesaron de buscarla. Su madre todas las tardes se sentaba en la veranda esperando… esperando… y así languidecía de dolor. Mientras tanto su marido se aturdía en mitines políticos alimentando el fuego de las guerras intestinas que socavaban la paz del país.
Bartolomé trabajaba en el establecimiento de Doña María Dolores Ligorria de sol a sol. Allí cuidaba animales, hacía queso de cabra, empaquetaba nueces e higos secos, envasaba los exquisitos dulces que producían las mujeres de la familia y una o dos veces al mes cruzaba las serranías llevando las mercancías a San Juan y a Córdoba. Debía mantener mujer y tres pequeñas hijas. Habían ido llegando Gregoria, Goyita que llevaba el nombre de su madre, Nicolasa, igual que su abuela materna, y la pequeñita Reyes, llegada justamente para la epifanía.
Lucinda había florecido convirtiéndose en una hermosa mujer. Apañaba su casa con esmero, disfrutaba de sus niñas que eran como mariposillas retozando a su alrededor y también criaba aves de corral y cultivaba un pequeño huerto, actividades que proveían de alimentos a la familia.
Se puede decir que llevaban una vida dura sólo compensada por el profundo amor que reinaba en la casa. Sin embargo algo inquietaba su noble corazón. Bartolomé adhería fervientemente a las ideas del federalismo y sus pares lo distinguían por sus encendidos discursos en pro de los intereses de las provincias. Con el paso del tiempo su nombre era reconocido en todos los llanos y se había visto obligado a intervenir en varios enfrentamientos con partidas enemigas demostrando un coraje sin igual en defensa de los postulados populares.
Los años de búsqueda dieron sus frutos. Frutos cargados de sentimientos viles, de necesidad de satisfacción por el sinsabor acumulado por partida doble: le habían robado a su hija y, ahora lo sabía, el raptor era un encarnizado enemigo.
La reputación del bandido Bartolomé Acosta cruzó los llanos y llegó hasta los oídos de Don Hilario Riarte. Ahora sólo tenía que ir a por él.
Su peso político le concedía el beneficio de disponer de una partida armada para ir en pos de su yerno, parentesco muy a su pesar.
Lucinda miraba el cielo. Negros nubarrones de agua, cosa poco probable, o frio avanzaban, mientras en el horizonte el sol luchaba con bravura por permanecer.
Tembló a pesar de que no soplaba brisa alguna. Pronto llegaría su marido y sacudió la cabeza para ahuyentar sus fantasmas. Entró en la casa. La imagen que vio la colmó de amor: Goyita escribía sus primeras letras, Nicolasa la imitaba dibujando y Reyes hacía sus pinitos trastabillando graciosamente. Lucinda la tomó en sus brazos, la llenó de besos y acarició con ternura las cabecitas de las otras niñas.
En ese momento llegó Bartolomé y sus hijas corrieron a su encuentro, les devolvió las muestras de su cariño y abrazó a su esposa, la miró con largueza como si fuera la primera vez y alabó el lazo rojo que ceñía su cabello. Besó su frente y se desprendió del abrazo.
Se higienizó en el aljibe y ya refrescado y limpio cenó con su familia. Las pequeñitas parloteaban sin cesar impidiéndoles mantener una conversación. Terminada la comida Lucinda las costó y rezó con ellas. Las miró cerrar sus ojitos. Sus piró. Al fin un poco de silencio. Limpió la vajilla y luego, como cada noche, se sentó junto a su marido con la cesta de costura. Mientras ella remendaba las camisas el pitaba un cigarro meciéndose en su sillón.
Lo miró como adormilaba, se lo veía cansado, pensó cuanto lo quería y su cabeza voló al ayer…
Una punzada hirió su pecho, se llevó la mano para mitigar el dolor. Tembló nuevamente, quiso decirle algo, pero el suelo retumbó bajo sus pies sobresaltándola. Era un sonido extraño que irrumpía en la rotunda quietud de la noche y se hacía presente más intensamente estremeciendo la casa y el alma. Bartolomé despertó y se puso en alerta, armándose para lo que vendría, había reconocido, sin dudas, el galope invasor de caballos desenfrenados que se acercaban…



Todo el respeto y amor para la protagonista del relato: mi Bisabuela Reyes Acosta.
Relatado por su única Nieta: Profesora Eva Luisa Salinas Clivio.

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