La Dama de la Plaza, Texto ganador del 2º Concurso la Plaza Pública, auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación.
La Dama de la Plaza.
Despunta el sol, Magdalena no tiene despertador. El sol hace las veces cada mañana entrando por la estrecha ventana de su buhardilla, colándose por los harapos limpios que tratan de detener su invasión.
La mujer se levanta sin prisa y recorre con la vista el lugar como queriendo reconocerlo. Se pone de pie y camina descalza hacia el baño alisándose su viejo camisón de franela con restos de puntillas amarillentas. Se detiene por largos minutos frente a un espejo cuarteado, que devuelve sólo a media la realidad que se le enfrenta. Por esos espacios de claridad se descubre el rostro de Magdalena.
Con manos trémulas trata de ordenar sus cabellos rizados, alzándolos y sosteniéndolos con dos peinetas negras, sus ojos claros, pequeños pero profundos, casi infantiles, trasuntan inocencia y una gran melancolía. Se mira, esboza una pálida sonrisa, da por terminado su arreglo y se dirige a la cocina dónde rápidamente prepara un frugal desayuno, mate cocido y pan. Se viste lentamente: su único vestido para salir, negro, muy gastado, brilloso de tanto uso, cerrado en el cuello con una blonda blanca y un camafeo que delata los años pasados. Se cubre con un tapado del mismo color e igualmente gastado. Con un mohín elegante se coloca un sombrerito de paño con una pluma azul como único realce, se calza unos guantes de lana y se cuelga una vieja cartera, otrora muy “chic”, terminada su compostura sale y baja la odiosa escalera que la lleva a la calle.
Camina rápidamente, a su paso los vecinos la saludan con calidez y deferencia y ella les devuelve con su tímida sonrisa y palabras apenas en un murmullo.
Hace dos cuadras y se detiene frente a un supermercado, entra, pero sale en pocos minutos cargada con varias bolsas. Continúa su camino y cruza una avenida vertiginosa, tanto, que la fragilidad de Magdalena se hace notoria.
Llega a la plaza y ene se momento se produce el encuentro: avanzan hacia ella dos decenas de gatos variopintos maullando la alegría de volver a verla. La colman de ronroneos, de mimos, de apretujones y fregadas cálidas contra sus piernas endebles. Como puede se hace paso hasta llegar al monumento alegórico convertido, aojos vista, en el hogar “transitorio” de los animalitos. Deja sobre un banco sus guantes, su cartera y su sombrero y seguidamente comienza a limpiar y ordenar las cajas que hacen las veces de camas; también en la canilla pública cambia el agua de los bebederos plásticos, seguramente recuperados de las viandas de los transeúntes y por último rellena los comederos, tal vez del mismo origen, con los alimentos que va sacando de las bolsas que recogió en el supermercado. A medida que les sirve la comida los va nombrando y acariciando sus cabecitas a unos, sus lomitos a otros, logrando una comunicación misteriosa para quienes observan el “espectáculo” en su trajín por la plaza. Luego se sienta en un banco cercano y los observa, perdida en sus pensamientos. Lentamente abre una bolsa de papel y saca un sándwich y una gaseosa; comienza a comer pero cada bocado suyo lo comparte con sus “mininos” arrojándoles miguitas. Todos los movimientos de Magdalena, parsimoniosos y delicados, característicos de una dama, llaman la atención de quien la observa. De pronto sacude sus pensamientos y se sube el cuello del tapado. Es que al tibio sol de invierno le viene ganando las sombras prematuras que llegan con una brisa fría. Mira hacia el cielo ya coronado por una miríada de estrellas que le advierten el paso del tiempo. Las luces de la plaza se encienden. Un pequeño gatito duerme en su regazo y varios más a su lado en el banco. A todos mira con la misma ternura. Se levanta, lo acaricia y lo deposita en su lugar. Comienza el ritual para componer su apariencia: su sombrero, sus guantes, su cartera, todas y cada una, acciones demoradas para prolongar la despedida.
Increíblemente varios de ellos la acompañan del mismo en que la fueron a recibir: colmándola con muestras de cariño. Antes de cruzar la avenida se vuelve sobre si, los mira y les dice adiós con la mano, la misma mano que después enjuga frías gotas que recorren los bellos surcos de sus años.
Reanuda el camino sin prisa, la brisa del ocaso se transforma en viento gélido que hace temblar la delicada pluma azul. Pasa frente al supermercado, están bajando las persianas, una voz oriental le desea una buena noche y le expresa un hasta mañana.
Llega a su hogar, mira la infinita escalera, ella la ve así y comienza a subir cancinamente, anticipando el sinsabor de la soledad de su guardilla. En el rellano se detiene, suspira y abre la puerta. La reciben el silencio y un frio implacable.
Mira el cuarto deteniéndose en cada detalle, como si lo viese por primera vez, como si fuera un despedida… se estremece, se abraza, el frio traspasa su prendas, se siente más cansada que nunca y se tira en su cama en busca de reposo para un cuerpo exhausto; estira su brazo y apaga la última luz de la habitación, un velador exquisito de roja pantalla de seda raída ubicado en la mesita de noche. Sobre la misma un diminuto florero, donde yace desmayado un ramillete de violetas secas, acompaña la foto desvaída de un hombre joven…
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No hay sol, el día es gris.
Magdalena se despierta asustada y se da cuenta que está totalmente vestida. Falló el despertador. Piensa: ¡qué tarde es!... no hay tiempo para el desayuno. ¡Qué bien le hizo el descanso! Se siente liviana, diferente.
Baja de prisa las escaleras, a su paso no encuentra a sus vecinos, claro, ya es muy tarde. El mismo ritual, se detiene frente al supermercado, entra, tarda en salir pero lo hace con las manos vacías y mucha congoja. Cruza la avenida con los ojos cargados de llanto. Del otro lado advierte a sus amores que la esperan como todos los días. El mismo recibimiento cálido en contraposición con la mañana fría. Negros nubarrones ciernen la plaza vaticinando la llega da de la lluvia. Los truenos espantan a los mininos que buscan refugio en sus cajitas. La dama se desespera, se torna evidente que se frustró su visita. Con dulces palabras se despide de ellos. Hoy no la acompañan, maúllan lánguidamente un adiós y la ven partir. Pequeñas gotas comienzan a caer y ella apresura el paso. Todos pasan a su lado sin verla, claro, todos escapan de la tormenta…
Cuando está a pocos metros de su casa divisa a un grupo de vecinos frente a la pensión. Hablan, algunos lloran y elevan la vista a la buhardilla, en ese momento se hace presente una ambulancia.
- Pobre Magdalena. Murió de soledad…
"Mi remedio, dice a Fausto el maligno, no exige dinero, ni medicinas ni hechizos. Helo aquí: Vete ahora mismo a la soledad de los campos; coge un azadón y cava con él la tierra, encierra tus pensamientos en una jaula estrecha; conténtate con un alimento sencillo; vive entre los animales como uno de ellos; abona el campo que te nutrirá con tu propio estiércol; y así llegarás, créeme, en plena juventud, hasta los 80 años"
La “vieja” de la plaza
Los antropólogos tenemos una máxima: el lugar de estudio no tiene por qué ser el objeto de estudio. Cuando decidimos embarcarnos en el desarrollo de la segunda convocatoria del concurso de la Plaza Pública lo hicimos a sabiendas de que esta vez el tema que nos iba a ocupar era el de la soledad; soledad en el sentido de estar triste, aislado, incomunicado, incomprendido.
En las sociedades actuales, ampliamente globalizadas, resulta muy difícil de identificar a personas socialmente aisladas a no ser que tengan una patología específica que así lo requiera. Una de las causas más frecuentes de la soledad es la debilidad relacional, es decir, una marcada incapacidad para establecer relaciones personales. Asimismo la soledad, involuntaria o aparentemente elegida, es un trastorno psicosocial (cansancio del mundo) que indica el inicio de determinadas etapas vitales específicas, como la pubertad o la vejez. Ahora, ateniéndonos a nuestro actor social tan particular… Qué rol juegan los viejos dentro de nuestra sociedad? Qué papel desempeñan estos actores tan importantes en el drama cotidiano de la vida?
Desde tiempos pretéritos, y en muchísimas culturas diferentes, los ancianos han sido valorados como los portadores de la sabiduría, de los conocimientos, de la verdad. Es más, antiguamente, los sacerdotes o curacas debían si o si ser ancianos o bien hombres/mujeres añosos/as.
El filósofo griego Pitágoras afirmó que “una bella ancianidad es ordinariamente la recompensa a una bella vida”. Pero bien podemos dar cuenta que envejecer es una difícil asignatura de la vida cotidiana, supeditada a una enorme cantidad de condicionantes.
Desde la ciencia antropológica podemos analizar el paso de una edad biológica hacia otra (niñez, pubertad, adultez, madurez, ancianidad) casi siempre representados por una serie de ritos, celebraciones o ceremonias y dándose estos pasos en ambos sexos. Podríamos, por dar un ejemplo, citar el Bar Mitzvah de los judíos cuando consideran que los jovencitos han alcanzado la madurez personal y frente a la comunidad.
Igualmente, y muy a pesar de lo que pueda provocarnos individualmente, existen culturas que a sus ancianos, llegado el momento de la partida física, los dejan abandonados (como los esquimales), los matan ritualmente (los bororos), los dejan partir a morir en soledad - perfecto estado de paz y lucidez - (los tibetanos) y en el peor de los casos se los comen (los fang de Nueva Guinea).
Por lo que podemos ir viendo la vejez puede ser valorada de dos formas, una positiva y otra negativa. La primera, como mencionamos anteriormente hace referencia clara a la consideración de la persona mayor como sabio con una clara posición de autoridad hacia los demás. La segunda califica a la vejez como un estado deficitario; los años llevan consigo pérdidas características y definitivas. J. Matras (1990) sintetiza la valoración negativa con los siguientes rasgos: “físicamente disminuido, mentalmente deficitario, económicamente dependiente, socialmente aislado y con una disminución del estatus social. Estas visiones representan mitos y prejuicios que dificultan el envejecer bien y limitan una adecuada integración del adulto mayor en la sociedad”.
En las sociedades globalizadas y postmodernistas como la nuestra podríamos señalar que se da un tipo de “ancianidad aislada”. En estas sociedades las personas mayores residen, mayoritariamente, en sus propios domicilios, independientes del resto de sus familiares, mientras pueden resistir en solitario. Cuando ya no disponen de recursos económicos suficientes, los familiares suelen colaborar económicamente con los mayores para que puedan mantenerse. Cuando finalmente los viejos ya no pueden valerse por sí mismos – salvo que estén enfermos o discapacitados – se los depositan en albergues o geriátricos.
Lamentablemente estos estereotipos negativos y cosificadores sobre “el viejo”, sean tanto
• físicos/sociales como por ejemplo incapaz, enfermo, lento, aburrido;
como
• psicológicos: introvertido, depresivo, rígido, dogmático, loco, etc.,
no hacen más que dejar en las nuevas generaciones una representación errónea de un estado maravilloso de la vida. Y es en ese estado de la vida que nuestra amada protagonista crea un nuevo universo de significaciones.
La plaza, ese lugar público que recibe diariamente centenares de personas con diferentes propósitos sociales: niños que van a jugar, jóvenes que van a estudiar, obreros que se sientan a descansar, personas que piensan en alejarse por instantes de este mundo fumando un clásico “faso”, enamorados que se miman a cualquier hora del día, abuelos que pasean con sus nietos y también abuelos que están solos, son algunos de los ejemplos que podemos observar aún sin prestar demasiada atención.
Nuestra vieja querida estaba sola; afortunadamente gozaba del respeto de sus vecinos y comerciantes de la zona y aprovechaba sus ratos de esparcimiento para relacionarse con unos seres muy particulares, sus gatos. Ella, los gatos y la plaza que los reunía como si de un ritual secular se tratase. Magdalena aparentaba ser una mujer de estilo, con elegancia, educación, delicadeza, quizá ni era económicamente humilde, ni aparentaba abandono personal alguno, pero estaba sola. Tendría nietos? Hijos? Sólo sabemos que era viuda, y que sólo tenía una actividad cotidiana y que la llenaba de una “absurda” alegría…
La cotidianeidad nos muestra un panorama cada vez con características más comunes que muchas veces hacen que no pongamos la atención justamente en lo diferente, en lo llamativo, en lo diverso. Magdalena en realidad puede ser cualquier actor social que, por los azares de la vida, se tuvo que quedar sola y tratando de dotar de significado a su día a día. Cuando, como señala Morín, se fracturan esas redes personales de relaciones íntimas, y ego, justamente, pierde – por fallecimiento, distanciamiento u otra razón - a ese alter ego o yo complementario, esa extensión de si mismo (esposo, hermano, amigo, novia) es que cae en un estado de debilidad, de mutilación, de sentirse incompleto. Esa desaparición de círculo íntimo es la que sumiría a los actores sociales en ese estado de soledad insostenible.
“Está claro que entre lo que un hombre llama mí y lo que simplemente llama mío la línea divisoria es difícil de trazar… En el sentido más amplio posible […] el sí mismo de un hombre es la suma total de todo lo que él puede llamar suyo, no sólo su cuerpo y sus poderes psíquicos, sino sus ropas y su casa, su mujer y sus niños, sus ancestros y amigos, su reputación y trabajos, su tierra y sus caballos, su yate y su cuenta bancaria” (citado por Larraín, 2001: 26).
En nuestra cultura, definida ésta geertzianamente como una serie de pautas significantes, los actores sociales deberían ser reconocidos por los demás actores sociales con los que interactúa para así poder existir social y públicamente, porque, como dice Bourdieu: “el mundo social es también representación y voluntad, y existir socialmente también quiere decir ser percibido, y por cierto ser percibido como distinto” (1982: 142).
Ojalá Magdalena sirva de ejemplo para que aprehendamos a reconocer a los otros y sus contextos y, que al visitar una plaza cualquiera de nuestro país, sepamos que allí también se está desarrollando un acto puramente significante. Hoy es el fenómeno de la soledad, mañana ojalá, quiera Dios, no sea como reza el tango “descolado mueble viejo y no tengas esperanzas en tu pobre corazón”…
Bibliografía consultada:
Geertz, Clifford: La interpretación de las culturas. El antropólogo como autor. Carbajo Velez, M.C.: “Mitos y estereotipos sobre la vejez”.
Meacham, J. A. (1994). La pérdida de la sabiduría.
Bourdieu, Pierre, Ce que parler veut dire, Dialogue à propos de l’histoire culturelle”.
Larraín, Jorge, 2000. Identity and Modernity in Latin America.
Morin, Edgar, 2001. L’identité humaine.
Matras, J. (1990). Dependency, Obligations and Entitlement: A New Sociology of Aging.

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